Política, economía, sociedad, amor, vida y muerte. ¿Algo más? También.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Me gusta. Lo quiero. Lo amo

Lo deseo. Deseo que esté en mi cama, que nos revolquemos entre las sábanas y saciemos nuestros más bajos instintos mientras nos quede aliento. Y una satisfechos, cansados y jadeantes, nos coloquemos nuestras ropas sin mediar palabra y volvamos a separar nuestros caminos.

Me gusta. Lo deseo, también. Pero a veces sueño que después de la pasión vienen unas charlas sencillas y superfluas, tal vez un cigarro, un poco de chocolate. Hay miradas fugaces fuera del acto sexual, hay coqueteo y un no sé qué que te eriza la piel cuando está cerca. Quieres evitar dar un paso más, no sea que las cosas se pongan complicadas.

Lo quiero. Perdí. Él gana. Hablamos, nos revolcamos, nos mimamos. Somos dos, pero por momentos parece que hay un solo ser. Siento que lo conozco desde siempre, pero en verdad no sé nada de su vida y la curiosidad me puede. El corazón me palpita fuerte cuando lo veo, y mi torpeza se acrecienta. No sé que me pasa, pero estoy de mal humor cuando no está.

Lo amo. Acá nadie pierde, pero tampoco gana. Somos felices. Las cosas van bien, son sencillas. Él es el único en mi vida, la persona que me da todo y con la que me siento un ser humano completo. Podemos vivir separados o juntos, vernos más o menos: los sentimientos no cambian. Tal vez a veces sintamos que esto no da para más, pero nos entendemos. Solucionamos. Vivimos. Amamos.


martes, 26 de noviembre de 2013

Chocolate


Tal vez la mejor forma de empezar algo así es decir que "el chocolate viene del cacao, que es un árbol. Por ende, se lo puede considerar una planta. Entonces, el chocolate cuenta como ensalada". 
Pero no, puede que no sea la mejor manera de comenzar la escritura sobre un manjar tan exquisito como lo es el chocolate: la más sublime de las delicias, tan suave y a la vez tan fuerte que solo un dios podría haber creado algo así. Cómo se funde en la boca, cómo ese toque amargo se desliza por la garganta y va a parar a tu paladar, y como la conjunción de algún otro elemento -tal vez unas frutillas, un poco de menta o unas almendras- solo logra potenciar el sabor. 
Otra buena opción para hablar del chocolate es nombrando sus propiedades terapéuticas: el chocolate sana el alma, por eso se le suele ofrecer a la gente cuando está triste. También dicen que es bueno para el corazón, para el cerebro y para el celibato. Sí, como lo lee: este dulce postre produce el mismo placer que el sexo, así que si no tiene pareja, pruebe a comer chocolate. Eso sí, nunca en exceso, porque los excesos son malos, aunque por una vez en la vida el chocolate no está reñido con el concepto de buena salud. 
Podemos dejar de lado todas estas cosas, y pasar verdaderamente a los instintos más bajos y carnales: la imposibilidad de parar, la adicción que genera comerlo, especialmente en esos días en que las mujeres estamos hinchadas cual globo aerostático y tan doloridas que nuestra capacidad de ser alegres y amorosas se ve disminuido a menos quinientos.
Lo lindo de dejar derretir un cuadradito de chocolate sobre la lengua, y tener que tomarse un vaso de agua inmediatamente después. Lo lindo de compartir un chocolate a las tres de la mañana frente a la Rambla. El erotismo que se desprende luego de haber comido algo con chocolate y que alguien intente sacarte una pequeña mancha en la comisura de los labios -con la mano, o robándote un beso-. 
El chocolate es algo mágico, casi religioso. Una vez fui a un museo del chocolate -porque sí, se merece un museo-, y aprendí que cuando los españoles descubrieron el cacao, ya asentados en América Latina, comenzaron a dar chocolate caliente durante las misas. Y un osado cura dijo que la gente no tenía fe, solo iba a presenciar el sacramento por poder beber una taza de esta delicia. Se negó a que el chocolate entrara en su Iglesia, y con ello perdió adeptos y también la vida. ¿Cómo? Cuando unos cuantos fieles decidieron envenenarle el chocolate caliente...

domingo, 24 de noviembre de 2013

La belleza pesa



Las flores de nácar son extremadamente hermosas: surgen en ramilletes de terciopelo cuando la primavera ya está bien entrada. Pequeñas florecitas que se agrupan, de color pálido y textura suave; son bellas a la vista y al tacto, pequeñas florecitas de misterio asombroso. 
Agrupadas en una enredadera contra la pared, una reja o cualquier lugar que les sirva de asidero, la belleza les pesa a estos ramilletes dignos de un día de gran esfuerzo por parte de Dios. Cuando florecen, los ramos caen, miran hacia abajo como si les avergonzara ser tan hermosos, o como si la belleza les hubiese costado tanto trabajo que no les hubiese quedado energía para mostrarla dignamente, mirando al sol.
Como el ser humano. La belleza está sobrevalorada: una simple mirada al mundo que nos rodea nos demuestra que vivimos por y para la belleza, y que somos extremadamente críticos con aquellos que no han nacido con esta particularidad. ¿Quién no ha descalificado alguna vez a alguien por no ser agradable a la vista? 
La belleza lo es todo: muchos interpretan al arte como la búsqueda de la belleza. Esta perfección visible, impactante y clara nos domina día a día en la pintura, la literatura e incluso el cine, en las publicidades, en las fotos de los curriculum y en los colegios desde bien pequeños; la búsqueda de lo bello nos consume día a día. Por eso existe el término "amor a primera vista": porque hay gente que verdaderamente cree que se puede enamorar de una persona con tan solo ver la belleza de la misma, aún si no es más que un cascarón vacío que te va vaciando lentamente a ti también, que no te acompaña ni te sirve ni te ama. 
Y así, nos va pesando. Cada vez hacemos más cosas por ser bellos como las flores de nácar, y el intento nos pesa, nos va dejando sin fuerzas y terminamos cabizbajos como ellas. Ser bellos nos enferma, ya que muchas veces nos quita la salud física, pero también la mental y la emocional. La belleza pesa más de lo que creemos, y nos pasa factura en un mundo en que cada vez se aprecia menos eso que también nosotros optamos por llamar "belleza interior". 
Así estamos, deprimidos pero bellos. Vacíos pero bellos. Tristes pero bellos. Y buscando en la belleza de los demás algo que nos salve, sin encontrarlo, porque no podemos mirar a los ojos con sinceridad a un envase bonito del que ya se terminó el contenido. 
Yo me hice especialista en no admirar la belleza exterior de los seres, sino de las cosas. Hay cuadros bellos, flores bellas, y edificios bellos. No hay personas bellas: hay personas buenas, agradables, de esas que valen la pena y que, al fin y al cabo son más bellas que el más bello de todos. 


Atentamente, una fea bella.

martes, 19 de noviembre de 2013

El voto es secreto y demás estupideces democráticas

Es algo habitual: estás hablando de política y siempre vas a encontrar dos personajes típicos: alguien que, en su afán por participar, quiere decir a quién va a votar, o de qué partido político es "hincha" -sí, hincha... el que profesa una cierta militancia por un partido en particular es hincha, los que cambian con el viento son simpatizantes-; y una segunda persona que lo calla con espanto alegando a una obligación -y no un derecho- en el que el voto es secreto.
Que en las democracias, para que funcionen medianamente bien, el voto se haya hecho secreto no significa que no le puedas contar a nadie a quien vas a votar, sino que nadie te puede obligar a que le digas cuál es tu partido de preferencia. Por lo tanto, si X en una conversación quiere decir sus preferencias políticas, está en su derecho. Nadie lo obligó, nadie lo coartó ni nadie lo incitó a votar otra cosa. Sin embargo, negándole la posibilidad de manifestar su opinión ante un hecho tan absurdamente democrático como que el voto es secreto, estamos cayendo en una ironía muy grande.
Pero debo decir que la democracia peca de otras estupideces, ya que es producto del hombre y su incesante afán de construir cosas que lo destruyan con agonía. Todo sistema político es imperfecto, porque fue creado por un ser con imperfecciones como el hombre; pero tal vez la democracia sea el sistema que mejor intenta ocultar sus problemas.
Las dictaduras son fáciles de analizar sabiendo un poco de psicología y simplemente analizando a nuestra propia familia. En todo grupo humano hay alguien con ganas de mandar: un déspota en potencia -o sin potencia- al que le gusta que todos hagan lo que él quiere, alguien que siente placer ante el hecho de creerse superior. A veces los déspotas tienen buenas ideas, pero dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Si en ese grupo humano no hay ningún otro déspota, la dictadura funciona sin guerras ni roces, gracias al resto de seres que tienen una personalidad completamente diferente: hay gente que no nace para ser líder, sino que le gusta obedecer porque es menos complicado vivir así, a la sombra de otro y sin temor a equivocarse. Existen otras personas que se quieren tan poco que son capaces de cualquier cosa por un poco de afecto, algo que los líderes déspotas saben y aprovechan a su favor. Y por último están los líderes no déspotas, gente que tiene las ideas claras y que no las quiere cambiar, pero que no tiene el carisma suficiente como para reclutar gente bajo su ala. Esos son desterrados, en el mejor de los casos. La dictadura está compuesta por los grupos humanos más básicos, los que más abundan, y por eso es tan fácil que existan dictaduras en todos lados, en mayor o menor escala: desde una familia o un grupo de amigos hasta un país. Hay dictaduras de derechas, tal vez todos pensamos en el señor de bigotito cuando escuchamos esa palabra; también hay dictaduras comunistas que dicen buscar el bien del pueblo y en verdad solo llenan el vacío existencial del cabecilla. Y también hay dictaduras encubiertas de democracia, donde esta palabra es tan solo eso: una palabra. Hay muchas dictaduras porque es muy fácil ser dictador o ser que apoya la dictadura. Faltan tal vez más personas con ideales claros que no se dejen avasallar.
La anarquía también es un sistema fácil: cada cual hacer lo que quiere, como quiere. Es la prueba más clara de que Freud tal vez no estaba tan equivocado, ya que la mayoría de los movimientos anarquistas eran violentos y también tenían algo de sexual. El caos ordenado de la anarquía solo es posible de creer por unos pocos que aún seguimos siendo utópicos y soñadores, aquellos que guardamos la fe en la humanidad y creemos que la gente se va a comportar bien por el bien común. Más allá de esos pocos, la mayoría de los anarquistas suelen ser otro grupo poblacional común: los vagos.
La democracia, sin embargo, engloba a todos los grupos humanos: a los líderes, a los déspotas, a los dominados y a los vagos. Por eso es que tiene tantos fallos, porque es un sistema político que todos aceptan, y algo que una amplia mayoría cree bien -algunos porque les parece realmente bien, otros porque les parece los menos malo y otros porque les da realmente igual en el mundo en el que viven- no puede estar bien. El mundo está cómo está por creer que esto es una democracia, por crear algo que también es utópico y aplicarlo de formas tan diversas que solo pueden empeorar la situación aún más.
Las estupideces democráticas son tantas y tan variadas que parece imposible pensar otro sistema mejor. Y así estamos, viviendo en una democracia que todos vemos pasar y nadie quiere cambiar.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Pool


Según la wikipedia, el pool o billar es un juego de precisión que consiste en meter diferentes bolas en los agujeros de un tablero mediante un palo o taco. Se podría decir que para jugarlo hace falta precisión y tener bien claras unas cuantas reglas de la física y la matemática.
Pero si entramos en cualquier sitio que tenga un pool nos damos cuenta de que no hace falta ser muy experimentado para jugar. Tal vez el sentido común y saber las reglas basta para jugar un par de partidos y reírse un rato. Si pensamos en los lugares donde hay billares, se nos puede venir a la cabeza un ambiente lúgubre, oscuro, con una lamparita colgando que ilumina el centro cada mesa y un montón de gente de aspecto poco recomendado bebiendo alcohol. O también nos podemos hacer a la idea de una imagen típica de aquellas películas adolescentes romanticonas donde el chico malo enseña a la chica buena a jugar abrazándola por detrás en una pose sensual que solo ella puede interpretar como un anhelo de ser novios, cuando las mentes malpensadas solo vemos allí la intención de llevársela a la cama. Y así las cosas terminan mal: cuando las chicas buenas le hacen caso a los chicos malos, y los buenos se quedan sentados en un rincón, esperando algo que nunca va a pasar. Pero esa es otra historia...
Se podría decir que las leyes de la física se van al carajo cuando hay unas cuantas cervezas alrededor, pero aunque existen grandes jugadores que aún sin poder hacer el cuatro -esa posición que todos hacemos con las piernas cuando queremos ver si estamos borrachos o podemos tomar aún una copa más- son capaces de meter todas las bolas con los ojos cerrados; la mayoría de los mortales somos jugadores promedios tirando a malos que utilizamos el pool solo para pasar el rato y salir un poco de una rutina agobiante que nos hemos auto impuesto con tal de no llegar nunca a ser felices. 
Puede que el pool haya sido inventado por los hombres para mirar a sus amigas jugar, y mientras se inclinan levemente para tirar, ellos se queden bizcos con la imagen de la figura de una mujer, que sin lugar a dudas es una de la mejores cosas que dio el mundo. Pero el juego les salió mal: las mesas de billar está superpobladas de hombres que buscan deseosos cualquier atisbo femenino que les pueda sacar de la soledad.
Estoy segura de que es eso: el tiempo me ha demostrado que, aunque se hagan los duros, los hombres viven por y para las mujeres. Nacen de una mujer, de su primer amor, y luego pasan su vida intentando conquistar a una, a dos o a mil mujeres al mismo tiempo. Por eso inventaron el pool, para conseguir una mujer. Y sí, es una teoría extraña y estúpida, pero tal vez es la teoría más firme que puedo pensar al sentarme a mirar a la humanindad en un sitio con mesas de billar.  

Foto: nashe (Flickr)

lunes, 11 de noviembre de 2013

Charlas de cocina

En mi familia siempre tuvimos la particularidad de llevar a los invitados a lugares insospechados de la casa. Cuando las personas normales reciben a los agasajados en el comedor de su hogar nosotros siempre optamos por la cocina, en ocasiones el dormitorio.
Nunca entendí bien, pero parece ser algo que va de generación en generación. Por momentos pienso que todo empezó con mis padres, ya que mi abuela lleva a la gente a la cocina recién ahora, domesticada por nuestras costumbres y por nuestra cocina azul que parece ser el núcleo de energía de nuestro hogar.
Cuando yo era niña, la cocina estaba vieja. Tenía un mármol blanco como mesada, unos muebles rojos y unos azulejos descascarados. En un momento de duelo emocional, mi madre decidió cambiar la cocina y el baño, tal vez la casa entera. Pero sí, lo que más se notó fueron esas dos habitaciones: la estrictamente necesaria en todo hogar (el baño); y esa en la que ella -y los invitados- pasaban la mayor parte del tiempo.
La cocina pasó a ser azul y blanca. Poner azulejos azules en una cocina es una invitación a la anorexia: dicen que este color da calma, y por ende, es un supresor del apetito. Probablemente haya sido un truco de mi madre para contrarrestar su excelente culinaria, porque de otra forma en mi casa rodaríamos cual pelota de Pilates.
Puede que ese azul haya sido el punto clave de la reunión: en la cocina de mi casa hay una energía especial. No solo cocinamos -desde papas fritas con huevos fritos hasta las tortas elaboradas de mamá, y los intentos fallidos míos-, sino que también nos sentamos a comer en familia. A veces la familia fuimos nosotras dos, por momentos nos acompañó papá, en ocasiones mi tío. También mis amigas. Luego, fueron mis abuelos, y llegué yo nuevamente. Ahora mi abuelo no está, pero seguramente nos mira comer todos los días; y a la celebración se sumó mamá. No puede faltar el nene, porque él es quien más deja contenta a cualquier cocinera: come con gusto cualquier cosa, excepto los alimentos verdes. Y el Timón siempre buscando migas para comer, pidiendo mimos, moviendo la cola.
Lo cierto es que la cocina nunca está vacía, y por algo es. Algún agujero de gusano, un error gravitacional, un espíritu dicharachero o una aberración de algún tipo sucede en esa cocina, esa sala de reunión apretujada en la que los transeúntes van y vienen y se dan risas, charlas y un repiqueteo incesante de cacharros de lata.
Nadie puede entender por qué en mi familia nos reunimos en aquella cocina azul. Nadie se lo pregunta, tampoco: simplemente entran, despliegan una silla de madera y buscan su mejor ubicación. Se acomodan, se sienten como en casa, y tal vez ni se plantean por qué el comedor permanece vacío y estamos ahí apretados. Parece que a nadie le importa sentarse en la cocina, porque todos se sienten cómodos en ella: las mayores historias de esta casa están ahí, albergadas en las cuatro paredes, escondidas entre las hornallas o en el huequito entre la heladera y la pared. Y a la gente le gusta que sea así.
Tal vez por eso, cada vez que tengo que hablar de algo importante, busco una cocina que me apoye en mi discurso. Si no fuera así, nada tendría ya sentido para mí.