Todos los hombres son iguales. Pero algunos son más iguales que otros -y soy plenamente consciente de que esta frase la copié-. Sin embargo, hay excepciones a la norma. Pese a lo que digan las mujeres despechadas, existen los hombres buenos. Como diría el dicho "pocos pero buenos", así puede que sean.
Me he cruzado con algunos hombres buenos, casi todos tienen las mismas características emocionales, una suerte de mal común que sufre la gente buena hoy en día y que los lleva a no mostrarse tal cual son. Suelen ser personas reservadas, poco habladoras, tímidas, que no buscan ser el centro de atención ni tienen un millón de amigos. Son gente que a menudo sufre el desprecio por ser "raros", cuando simplemente eso es un punto a favor. Pero la manada manda.
Los hombres buenos son aquellos que reciben a menudo el "te quiero, pero como amigo". Son los que escuchan los llantos por el ex, llevan a la chica borracha hasta su casa, y en lugar de aprovechar la situación, le sacan los zapatos y la tapan para que duerma plácidamente. Son los nunca elegidos por ellas, son los últimos de la fila; los que se quedan sentados en un rincón mirando como el tópico de macho alfa primero les roba a la chica con palabras dulces y poco certeras, la besa apasionadamente, la usa, la re usa y la deja tirada. Ahí el hombre bueno sale del rincón dispuesto a comerse el mundo, pero es muy tarde: ella no quiere saber nada del amor, porque dice que todos los hombres son iguales. Y ni siquiera le da la oportunidad de demostrar que él no es igual, que él estuvo ahí y que jamás se aprovecharía de ella.
Entonces, ha quedado claro que los hombres buenos podrían adquirir ciertas características físicas y emocionales comunes, que incluyen salirse de los cánones de belleza habituales, tener un carácter bastante tímido y reservado y buscar siempre mujeres fuera de su alcance.
Pero, ¿todas salen del radar? Los hombres buenos también tienen a sus fans número uno, aunque curiosamente, no se suelen dar cuenta de ello. Las mujeres que nos enamoramos perdidamente de los hombres buenos reconocemos no ser dueñas de una belleza espectacular ni tener cuerpo de modelo; pero podemos ofrecer cosas mucho más valiosas que eso. Solemos ser chicas bastante inteligentes y con sentido del humor. Digamos que sí, somos normales, pero por eso mismo... ¿por qué no se fijan en nosotras?
Parece que si estamos hablando de retos, uno de los mayores en este mundo es conquistar un hombre bueno. Estoy de acuerdo en hacer una especie de página web que se dedique a adoptar hombres buenos, así nos sería más fácil a nosotras poder conquistarlos.
Política, economía, sociedad, amor, vida y muerte. ¿Algo más? También.
domingo, 22 de diciembre de 2013
domingo, 1 de diciembre de 2013
¿Qué va a pasar cuando me muera?
¿Qué va a pasar cuando me muera? Aparte de que voy a donar mi cuerpo, no lo sé. Pueden pasar muchas cosas, o absolutamente nada.
Velorio, cementerio o facultad de Medicina. Todo vale. Tal vez ahí se termina el viaje, la historia de mi vida finaliza cuando mi corazón decide dejar de latir. Y a partir de ese momento, solo soy un recuerdo en la vida de las personas que me quisieron, y también de aquellas que me odiaron.
Pero al ser humano no le gusta pensar que ahí se termina todo: llevamos miles de años buscándole un sentido a la vida, al por qué estamos aquí, en este mundo, respirando más o menos felices. Es difícil pensar que vivimos ochenta años para luego alimentar a los gusanos. ¿Y lo que aprendimos? ¿Y la gente que queremos? ¿Lo que nos quedó por hacer? Sinceramente, no es fácil pensar que ese es el punto final, ya que a nosotros nos encanta sentirnos importantes; y yo soy de aquellas que prefieren creer en historias antes que aceptar una realidad triste que, por cierto, nadie sabe con certeza. Por eso la muerte es fascinante: la queremos lejos, pero necesitamos saber de ella.
En un principio fue el inframundo. Los griegos incluyeron allí todo lo que los cristianos situaron en varias partes unos cuantos años después: el Tártaro era el infierno, donde las almas eran juzgadas y castigadas. En verdad, los griegos consideraban al Tártaro como una especie de Big Bang, el punto exacto de donde surgía todo; pero los romanos, mucho más simples en sus ideologías que en sus tácticas de guerra, decidieron formalizarlo como lo que luego fue el infierno católico. Por otra parte, los Campos Elíseos o Islas de los Bienaventurados eran la parte buena del Inframundo: el paraíso donde las gente que se había portado bien en vida podía portarse mal, una suerte de bacanal -otro gran término acuñado por ellos- espiritual en la que las mujeres no se podían quedar embarazadas.
Después de los griegos, no se inventó nada: todas las religiones monoteístas y politeístas hablan de un cielo y un infierno, sitios donde van las almas a vivir la vida eterna en agonía o felicidad. Tus ochenta años de vida -antes muchos menos- son los que te condenan por la eternidad, y no te queda otra que joderte y aguantar. Porque vamos a ser sinceros: ante esos dioses malignos que describen las escrituras, pocos quedan eximes de culpas y tienen el derecho eterno a disfrutar junto a su creador del Jardín del Edén versión 2.0. El Nirvana es algo más o menos posible de alcanzar, según en qué decidas creer; y en él pueden esperarte vírgenes, agua, vino, frutas y riqueza -ahora entiendo por qué los musulmanes tienen unas creencias tan férreas-.
Pero el infierno... ah, el infierno creo que es lo mejor. No importa cuántas cosas malas hayas hecho en la vida, parece que si fuiste a misa los domingos, el libre albedrío que te dio Dios fue bien utilizado a favor tuyo (y en contra de los demás), y por ende te toca disfrutar del cielo. Así que en el infierno solo vamos a estar aquellos que osamos cuestionarnos algunas cosas, aunque queramos obrar bien. Digamos entonces que el infierno estará lleno de ateos y agnósticos, intelectuales, filósofos, científicos y gente buena condenada a sufrir. Si hay uno de estos en verdad, mandenme de inmediato.
También existe la opción de la reencarnación: una idea lógica en la que creo firmemente, y de la cual no voy a hablar porque no puedo ser objetiva con mis creencias. ¿Qué va a pasar cuando me muera? ¿Reencarnaré? ¿Tú qué piensas?
jueves, 28 de noviembre de 2013
Me gusta. Lo quiero. Lo amo
Lo deseo. Deseo que esté en mi cama, que nos revolquemos entre las sábanas y saciemos nuestros más bajos instintos mientras nos quede aliento. Y una satisfechos, cansados y jadeantes, nos coloquemos nuestras ropas sin mediar palabra y volvamos a separar nuestros caminos.
Me gusta. Lo deseo, también. Pero a veces sueño que después de la pasión vienen unas charlas sencillas y superfluas, tal vez un cigarro, un poco de chocolate. Hay miradas fugaces fuera del acto sexual, hay coqueteo y un no sé qué que te eriza la piel cuando está cerca. Quieres evitar dar un paso más, no sea que las cosas se pongan complicadas.
Lo quiero. Perdí. Él gana. Hablamos, nos revolcamos, nos mimamos. Somos dos, pero por momentos parece que hay un solo ser. Siento que lo conozco desde siempre, pero en verdad no sé nada de su vida y la curiosidad me puede. El corazón me palpita fuerte cuando lo veo, y mi torpeza se acrecienta. No sé que me pasa, pero estoy de mal humor cuando no está.
Lo amo. Acá nadie pierde, pero tampoco gana. Somos felices. Las cosas van bien, son sencillas. Él es el único en mi vida, la persona que me da todo y con la que me siento un ser humano completo. Podemos vivir separados o juntos, vernos más o menos: los sentimientos no cambian. Tal vez a veces sintamos que esto no da para más, pero nos entendemos. Solucionamos. Vivimos. Amamos.
Me gusta. Lo deseo, también. Pero a veces sueño que después de la pasión vienen unas charlas sencillas y superfluas, tal vez un cigarro, un poco de chocolate. Hay miradas fugaces fuera del acto sexual, hay coqueteo y un no sé qué que te eriza la piel cuando está cerca. Quieres evitar dar un paso más, no sea que las cosas se pongan complicadas.
Lo quiero. Perdí. Él gana. Hablamos, nos revolcamos, nos mimamos. Somos dos, pero por momentos parece que hay un solo ser. Siento que lo conozco desde siempre, pero en verdad no sé nada de su vida y la curiosidad me puede. El corazón me palpita fuerte cuando lo veo, y mi torpeza se acrecienta. No sé que me pasa, pero estoy de mal humor cuando no está.
Lo amo. Acá nadie pierde, pero tampoco gana. Somos felices. Las cosas van bien, son sencillas. Él es el único en mi vida, la persona que me da todo y con la que me siento un ser humano completo. Podemos vivir separados o juntos, vernos más o menos: los sentimientos no cambian. Tal vez a veces sintamos que esto no da para más, pero nos entendemos. Solucionamos. Vivimos. Amamos.
martes, 26 de noviembre de 2013
Chocolate
Tal vez la mejor forma de empezar algo así es decir que "el chocolate viene del cacao, que es un árbol. Por ende, se lo puede considerar una planta. Entonces, el chocolate cuenta como ensalada".
Pero no, puede que no sea la mejor manera de comenzar la escritura sobre un manjar tan exquisito como lo es el chocolate: la más sublime de las delicias, tan suave y a la vez tan fuerte que solo un dios podría haber creado algo así. Cómo se funde en la boca, cómo ese toque amargo se desliza por la garganta y va a parar a tu paladar, y como la conjunción de algún otro elemento -tal vez unas frutillas, un poco de menta o unas almendras- solo logra potenciar el sabor.
Otra buena opción para hablar del chocolate es nombrando sus propiedades terapéuticas: el chocolate sana el alma, por eso se le suele ofrecer a la gente cuando está triste. También dicen que es bueno para el corazón, para el cerebro y para el celibato. Sí, como lo lee: este dulce postre produce el mismo placer que el sexo, así que si no tiene pareja, pruebe a comer chocolate. Eso sí, nunca en exceso, porque los excesos son malos, aunque por una vez en la vida el chocolate no está reñido con el concepto de buena salud.
Podemos dejar de lado todas estas cosas, y pasar verdaderamente a los instintos más bajos y carnales: la imposibilidad de parar, la adicción que genera comerlo, especialmente en esos días en que las mujeres estamos hinchadas cual globo aerostático y tan doloridas que nuestra capacidad de ser alegres y amorosas se ve disminuido a menos quinientos.
Lo lindo de dejar derretir un cuadradito de chocolate sobre la lengua, y tener que tomarse un vaso de agua inmediatamente después. Lo lindo de compartir un chocolate a las tres de la mañana frente a la Rambla. El erotismo que se desprende luego de haber comido algo con chocolate y que alguien intente sacarte una pequeña mancha en la comisura de los labios -con la mano, o robándote un beso-.
El chocolate es algo mágico, casi religioso. Una vez fui a un museo del chocolate -porque sí, se merece un museo-, y aprendí que cuando los españoles descubrieron el cacao, ya asentados en América Latina, comenzaron a dar chocolate caliente durante las misas. Y un osado cura dijo que la gente no tenía fe, solo iba a presenciar el sacramento por poder beber una taza de esta delicia. Se negó a que el chocolate entrara en su Iglesia, y con ello perdió adeptos y también la vida. ¿Cómo? Cuando unos cuantos fieles decidieron envenenarle el chocolate caliente...
domingo, 24 de noviembre de 2013
La belleza pesa
Las flores de nácar son extremadamente hermosas: surgen en ramilletes de terciopelo cuando la primavera ya está bien entrada. Pequeñas florecitas que se agrupan, de color pálido y textura suave; son bellas a la vista y al tacto, pequeñas florecitas de misterio asombroso.
Agrupadas en una enredadera contra la pared, una reja o cualquier lugar que les sirva de asidero, la belleza les pesa a estos ramilletes dignos de un día de gran esfuerzo por parte de Dios. Cuando florecen, los ramos caen, miran hacia abajo como si les avergonzara ser tan hermosos, o como si la belleza les hubiese costado tanto trabajo que no les hubiese quedado energía para mostrarla dignamente, mirando al sol.
Como el ser humano. La belleza está sobrevalorada: una simple mirada al mundo que nos rodea nos demuestra que vivimos por y para la belleza, y que somos extremadamente críticos con aquellos que no han nacido con esta particularidad. ¿Quién no ha descalificado alguna vez a alguien por no ser agradable a la vista?
La belleza lo es todo: muchos interpretan al arte como la búsqueda de la belleza. Esta perfección visible, impactante y clara nos domina día a día en la pintura, la literatura e incluso el cine, en las publicidades, en las fotos de los curriculum y en los colegios desde bien pequeños; la búsqueda de lo bello nos consume día a día. Por eso existe el término "amor a primera vista": porque hay gente que verdaderamente cree que se puede enamorar de una persona con tan solo ver la belleza de la misma, aún si no es más que un cascarón vacío que te va vaciando lentamente a ti también, que no te acompaña ni te sirve ni te ama.
Y así, nos va pesando. Cada vez hacemos más cosas por ser bellos como las flores de nácar, y el intento nos pesa, nos va dejando sin fuerzas y terminamos cabizbajos como ellas. Ser bellos nos enferma, ya que muchas veces nos quita la salud física, pero también la mental y la emocional. La belleza pesa más de lo que creemos, y nos pasa factura en un mundo en que cada vez se aprecia menos eso que también nosotros optamos por llamar "belleza interior".
Así estamos, deprimidos pero bellos. Vacíos pero bellos. Tristes pero bellos. Y buscando en la belleza de los demás algo que nos salve, sin encontrarlo, porque no podemos mirar a los ojos con sinceridad a un envase bonito del que ya se terminó el contenido.
Yo me hice especialista en no admirar la belleza exterior de los seres, sino de las cosas. Hay cuadros bellos, flores bellas, y edificios bellos. No hay personas bellas: hay personas buenas, agradables, de esas que valen la pena y que, al fin y al cabo son más bellas que el más bello de todos.
Atentamente, una fea bella.
martes, 19 de noviembre de 2013
El voto es secreto y demás estupideces democráticas
Es algo habitual: estás hablando de política y siempre vas a encontrar dos personajes típicos: alguien que, en su afán por participar, quiere decir a quién va a votar, o de qué partido político es "hincha" -sí, hincha... el que profesa una cierta militancia por un partido en particular es hincha, los que cambian con el viento son simpatizantes-; y una segunda persona que lo calla con espanto alegando a una obligación -y no un derecho- en el que el voto es secreto.
Que en las democracias, para que funcionen medianamente bien, el voto se haya hecho secreto no significa que no le puedas contar a nadie a quien vas a votar, sino que nadie te puede obligar a que le digas cuál es tu partido de preferencia. Por lo tanto, si X en una conversación quiere decir sus preferencias políticas, está en su derecho. Nadie lo obligó, nadie lo coartó ni nadie lo incitó a votar otra cosa. Sin embargo, negándole la posibilidad de manifestar su opinión ante un hecho tan absurdamente democrático como que el voto es secreto, estamos cayendo en una ironía muy grande.
Pero debo decir que la democracia peca de otras estupideces, ya que es producto del hombre y su incesante afán de construir cosas que lo destruyan con agonía. Todo sistema político es imperfecto, porque fue creado por un ser con imperfecciones como el hombre; pero tal vez la democracia sea el sistema que mejor intenta ocultar sus problemas.
Las dictaduras son fáciles de analizar sabiendo un poco de psicología y simplemente analizando a nuestra propia familia. En todo grupo humano hay alguien con ganas de mandar: un déspota en potencia -o sin potencia- al que le gusta que todos hagan lo que él quiere, alguien que siente placer ante el hecho de creerse superior. A veces los déspotas tienen buenas ideas, pero dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Si en ese grupo humano no hay ningún otro déspota, la dictadura funciona sin guerras ni roces, gracias al resto de seres que tienen una personalidad completamente diferente: hay gente que no nace para ser líder, sino que le gusta obedecer porque es menos complicado vivir así, a la sombra de otro y sin temor a equivocarse. Existen otras personas que se quieren tan poco que son capaces de cualquier cosa por un poco de afecto, algo que los líderes déspotas saben y aprovechan a su favor. Y por último están los líderes no déspotas, gente que tiene las ideas claras y que no las quiere cambiar, pero que no tiene el carisma suficiente como para reclutar gente bajo su ala. Esos son desterrados, en el mejor de los casos. La dictadura está compuesta por los grupos humanos más básicos, los que más abundan, y por eso es tan fácil que existan dictaduras en todos lados, en mayor o menor escala: desde una familia o un grupo de amigos hasta un país. Hay dictaduras de derechas, tal vez todos pensamos en el señor de bigotito cuando escuchamos esa palabra; también hay dictaduras comunistas que dicen buscar el bien del pueblo y en verdad solo llenan el vacío existencial del cabecilla. Y también hay dictaduras encubiertas de democracia, donde esta palabra es tan solo eso: una palabra. Hay muchas dictaduras porque es muy fácil ser dictador o ser que apoya la dictadura. Faltan tal vez más personas con ideales claros que no se dejen avasallar.
La anarquía también es un sistema fácil: cada cual hacer lo que quiere, como quiere. Es la prueba más clara de que Freud tal vez no estaba tan equivocado, ya que la mayoría de los movimientos anarquistas eran violentos y también tenían algo de sexual. El caos ordenado de la anarquía solo es posible de creer por unos pocos que aún seguimos siendo utópicos y soñadores, aquellos que guardamos la fe en la humanidad y creemos que la gente se va a comportar bien por el bien común. Más allá de esos pocos, la mayoría de los anarquistas suelen ser otro grupo poblacional común: los vagos.
La democracia, sin embargo, engloba a todos los grupos humanos: a los líderes, a los déspotas, a los dominados y a los vagos. Por eso es que tiene tantos fallos, porque es un sistema político que todos aceptan, y algo que una amplia mayoría cree bien -algunos porque les parece realmente bien, otros porque les parece los menos malo y otros porque les da realmente igual en el mundo en el que viven- no puede estar bien. El mundo está cómo está por creer que esto es una democracia, por crear algo que también es utópico y aplicarlo de formas tan diversas que solo pueden empeorar la situación aún más.
Las estupideces democráticas son tantas y tan variadas que parece imposible pensar otro sistema mejor. Y así estamos, viviendo en una democracia que todos vemos pasar y nadie quiere cambiar.
Que en las democracias, para que funcionen medianamente bien, el voto se haya hecho secreto no significa que no le puedas contar a nadie a quien vas a votar, sino que nadie te puede obligar a que le digas cuál es tu partido de preferencia. Por lo tanto, si X en una conversación quiere decir sus preferencias políticas, está en su derecho. Nadie lo obligó, nadie lo coartó ni nadie lo incitó a votar otra cosa. Sin embargo, negándole la posibilidad de manifestar su opinión ante un hecho tan absurdamente democrático como que el voto es secreto, estamos cayendo en una ironía muy grande.
Pero debo decir que la democracia peca de otras estupideces, ya que es producto del hombre y su incesante afán de construir cosas que lo destruyan con agonía. Todo sistema político es imperfecto, porque fue creado por un ser con imperfecciones como el hombre; pero tal vez la democracia sea el sistema que mejor intenta ocultar sus problemas.
Las dictaduras son fáciles de analizar sabiendo un poco de psicología y simplemente analizando a nuestra propia familia. En todo grupo humano hay alguien con ganas de mandar: un déspota en potencia -o sin potencia- al que le gusta que todos hagan lo que él quiere, alguien que siente placer ante el hecho de creerse superior. A veces los déspotas tienen buenas ideas, pero dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Si en ese grupo humano no hay ningún otro déspota, la dictadura funciona sin guerras ni roces, gracias al resto de seres que tienen una personalidad completamente diferente: hay gente que no nace para ser líder, sino que le gusta obedecer porque es menos complicado vivir así, a la sombra de otro y sin temor a equivocarse. Existen otras personas que se quieren tan poco que son capaces de cualquier cosa por un poco de afecto, algo que los líderes déspotas saben y aprovechan a su favor. Y por último están los líderes no déspotas, gente que tiene las ideas claras y que no las quiere cambiar, pero que no tiene el carisma suficiente como para reclutar gente bajo su ala. Esos son desterrados, en el mejor de los casos. La dictadura está compuesta por los grupos humanos más básicos, los que más abundan, y por eso es tan fácil que existan dictaduras en todos lados, en mayor o menor escala: desde una familia o un grupo de amigos hasta un país. Hay dictaduras de derechas, tal vez todos pensamos en el señor de bigotito cuando escuchamos esa palabra; también hay dictaduras comunistas que dicen buscar el bien del pueblo y en verdad solo llenan el vacío existencial del cabecilla. Y también hay dictaduras encubiertas de democracia, donde esta palabra es tan solo eso: una palabra. Hay muchas dictaduras porque es muy fácil ser dictador o ser que apoya la dictadura. Faltan tal vez más personas con ideales claros que no se dejen avasallar.
La anarquía también es un sistema fácil: cada cual hacer lo que quiere, como quiere. Es la prueba más clara de que Freud tal vez no estaba tan equivocado, ya que la mayoría de los movimientos anarquistas eran violentos y también tenían algo de sexual. El caos ordenado de la anarquía solo es posible de creer por unos pocos que aún seguimos siendo utópicos y soñadores, aquellos que guardamos la fe en la humanidad y creemos que la gente se va a comportar bien por el bien común. Más allá de esos pocos, la mayoría de los anarquistas suelen ser otro grupo poblacional común: los vagos.
La democracia, sin embargo, engloba a todos los grupos humanos: a los líderes, a los déspotas, a los dominados y a los vagos. Por eso es que tiene tantos fallos, porque es un sistema político que todos aceptan, y algo que una amplia mayoría cree bien -algunos porque les parece realmente bien, otros porque les parece los menos malo y otros porque les da realmente igual en el mundo en el que viven- no puede estar bien. El mundo está cómo está por creer que esto es una democracia, por crear algo que también es utópico y aplicarlo de formas tan diversas que solo pueden empeorar la situación aún más.
Las estupideces democráticas son tantas y tan variadas que parece imposible pensar otro sistema mejor. Y así estamos, viviendo en una democracia que todos vemos pasar y nadie quiere cambiar.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Pool
Según la wikipedia, el pool o billar es un juego de precisión que consiste en meter diferentes bolas en los agujeros de un tablero mediante un palo o taco. Se podría decir que para jugarlo hace falta precisión y tener bien claras unas cuantas reglas de la física y la matemática.
Pero si entramos en cualquier sitio que tenga un pool nos damos cuenta de que no hace falta ser muy experimentado para jugar. Tal vez el sentido común y saber las reglas basta para jugar un par de partidos y reírse un rato. Si pensamos en los lugares donde hay billares, se nos puede venir a la cabeza un ambiente lúgubre, oscuro, con una lamparita colgando que ilumina el centro cada mesa y un montón de gente de aspecto poco recomendado bebiendo alcohol. O también nos podemos hacer a la idea de una imagen típica de aquellas películas adolescentes romanticonas donde el chico malo enseña a la chica buena a jugar abrazándola por detrás en una pose sensual que solo ella puede interpretar como un anhelo de ser novios, cuando las mentes malpensadas solo vemos allí la intención de llevársela a la cama. Y así las cosas terminan mal: cuando las chicas buenas le hacen caso a los chicos malos, y los buenos se quedan sentados en un rincón, esperando algo que nunca va a pasar. Pero esa es otra historia...
Se podría decir que las leyes de la física se van al carajo cuando hay unas cuantas cervezas alrededor, pero aunque existen grandes jugadores que aún sin poder hacer el cuatro -esa posición que todos hacemos con las piernas cuando queremos ver si estamos borrachos o podemos tomar aún una copa más- son capaces de meter todas las bolas con los ojos cerrados; la mayoría de los mortales somos jugadores promedios tirando a malos que utilizamos el pool solo para pasar el rato y salir un poco de una rutina agobiante que nos hemos auto impuesto con tal de no llegar nunca a ser felices.
Puede que el pool haya sido inventado por los hombres para mirar a sus amigas jugar, y mientras se inclinan levemente para tirar, ellos se queden bizcos con la imagen de la figura de una mujer, que sin lugar a dudas es una de la mejores cosas que dio el mundo. Pero el juego les salió mal: las mesas de billar está superpobladas de hombres que buscan deseosos cualquier atisbo femenino que les pueda sacar de la soledad.
Estoy segura de que es eso: el tiempo me ha demostrado que, aunque se hagan los duros, los hombres viven por y para las mujeres. Nacen de una mujer, de su primer amor, y luego pasan su vida intentando conquistar a una, a dos o a mil mujeres al mismo tiempo. Por eso inventaron el pool, para conseguir una mujer. Y sí, es una teoría extraña y estúpida, pero tal vez es la teoría más firme que puedo pensar al sentarme a mirar a la humanindad en un sitio con mesas de billar.
Foto: nashe (Flickr)
lunes, 11 de noviembre de 2013
Charlas de cocina
En mi familia siempre tuvimos la particularidad de llevar a los invitados a lugares insospechados de la casa. Cuando las personas normales reciben a los agasajados en el comedor de su hogar nosotros siempre optamos por la cocina, en ocasiones el dormitorio.
Nunca entendí bien, pero parece ser algo que va de generación en generación. Por momentos pienso que todo empezó con mis padres, ya que mi abuela lleva a la gente a la cocina recién ahora, domesticada por nuestras costumbres y por nuestra cocina azul que parece ser el núcleo de energía de nuestro hogar.
Cuando yo era niña, la cocina estaba vieja. Tenía un mármol blanco como mesada, unos muebles rojos y unos azulejos descascarados. En un momento de duelo emocional, mi madre decidió cambiar la cocina y el baño, tal vez la casa entera. Pero sí, lo que más se notó fueron esas dos habitaciones: la estrictamente necesaria en todo hogar (el baño); y esa en la que ella -y los invitados- pasaban la mayor parte del tiempo.
La cocina pasó a ser azul y blanca. Poner azulejos azules en una cocina es una invitación a la anorexia: dicen que este color da calma, y por ende, es un supresor del apetito. Probablemente haya sido un truco de mi madre para contrarrestar su excelente culinaria, porque de otra forma en mi casa rodaríamos cual pelota de Pilates.
Puede que ese azul haya sido el punto clave de la reunión: en la cocina de mi casa hay una energía especial. No solo cocinamos -desde papas fritas con huevos fritos hasta las tortas elaboradas de mamá, y los intentos fallidos míos-, sino que también nos sentamos a comer en familia. A veces la familia fuimos nosotras dos, por momentos nos acompañó papá, en ocasiones mi tío. También mis amigas. Luego, fueron mis abuelos, y llegué yo nuevamente. Ahora mi abuelo no está, pero seguramente nos mira comer todos los días; y a la celebración se sumó mamá. No puede faltar el nene, porque él es quien más deja contenta a cualquier cocinera: come con gusto cualquier cosa, excepto los alimentos verdes. Y el Timón siempre buscando migas para comer, pidiendo mimos, moviendo la cola.
Lo cierto es que la cocina nunca está vacía, y por algo es. Algún agujero de gusano, un error gravitacional, un espíritu dicharachero o una aberración de algún tipo sucede en esa cocina, esa sala de reunión apretujada en la que los transeúntes van y vienen y se dan risas, charlas y un repiqueteo incesante de cacharros de lata.
Nadie puede entender por qué en mi familia nos reunimos en aquella cocina azul. Nadie se lo pregunta, tampoco: simplemente entran, despliegan una silla de madera y buscan su mejor ubicación. Se acomodan, se sienten como en casa, y tal vez ni se plantean por qué el comedor permanece vacío y estamos ahí apretados. Parece que a nadie le importa sentarse en la cocina, porque todos se sienten cómodos en ella: las mayores historias de esta casa están ahí, albergadas en las cuatro paredes, escondidas entre las hornallas o en el huequito entre la heladera y la pared. Y a la gente le gusta que sea así.
Tal vez por eso, cada vez que tengo que hablar de algo importante, busco una cocina que me apoye en mi discurso. Si no fuera así, nada tendría ya sentido para mí.
Nunca entendí bien, pero parece ser algo que va de generación en generación. Por momentos pienso que todo empezó con mis padres, ya que mi abuela lleva a la gente a la cocina recién ahora, domesticada por nuestras costumbres y por nuestra cocina azul que parece ser el núcleo de energía de nuestro hogar.
Cuando yo era niña, la cocina estaba vieja. Tenía un mármol blanco como mesada, unos muebles rojos y unos azulejos descascarados. En un momento de duelo emocional, mi madre decidió cambiar la cocina y el baño, tal vez la casa entera. Pero sí, lo que más se notó fueron esas dos habitaciones: la estrictamente necesaria en todo hogar (el baño); y esa en la que ella -y los invitados- pasaban la mayor parte del tiempo.
La cocina pasó a ser azul y blanca. Poner azulejos azules en una cocina es una invitación a la anorexia: dicen que este color da calma, y por ende, es un supresor del apetito. Probablemente haya sido un truco de mi madre para contrarrestar su excelente culinaria, porque de otra forma en mi casa rodaríamos cual pelota de Pilates.
Puede que ese azul haya sido el punto clave de la reunión: en la cocina de mi casa hay una energía especial. No solo cocinamos -desde papas fritas con huevos fritos hasta las tortas elaboradas de mamá, y los intentos fallidos míos-, sino que también nos sentamos a comer en familia. A veces la familia fuimos nosotras dos, por momentos nos acompañó papá, en ocasiones mi tío. También mis amigas. Luego, fueron mis abuelos, y llegué yo nuevamente. Ahora mi abuelo no está, pero seguramente nos mira comer todos los días; y a la celebración se sumó mamá. No puede faltar el nene, porque él es quien más deja contenta a cualquier cocinera: come con gusto cualquier cosa, excepto los alimentos verdes. Y el Timón siempre buscando migas para comer, pidiendo mimos, moviendo la cola.
Lo cierto es que la cocina nunca está vacía, y por algo es. Algún agujero de gusano, un error gravitacional, un espíritu dicharachero o una aberración de algún tipo sucede en esa cocina, esa sala de reunión apretujada en la que los transeúntes van y vienen y se dan risas, charlas y un repiqueteo incesante de cacharros de lata.
Nadie puede entender por qué en mi familia nos reunimos en aquella cocina azul. Nadie se lo pregunta, tampoco: simplemente entran, despliegan una silla de madera y buscan su mejor ubicación. Se acomodan, se sienten como en casa, y tal vez ni se plantean por qué el comedor permanece vacío y estamos ahí apretados. Parece que a nadie le importa sentarse en la cocina, porque todos se sienten cómodos en ella: las mayores historias de esta casa están ahí, albergadas en las cuatro paredes, escondidas entre las hornallas o en el huequito entre la heladera y la pared. Y a la gente le gusta que sea así.
Tal vez por eso, cada vez que tengo que hablar de algo importante, busco una cocina que me apoye en mi discurso. Si no fuera así, nada tendría ya sentido para mí.
viernes, 10 de agosto de 2012
No es solo cosa de mujeres
"La moda es el arte más poderoso que hay, es
movimiento, diseño y arquitectura, todo en uno. Muestra al mundo como
somos y como nos gustaría ser" (Blair Waldorf)
Tal vez sea poco pretencioso comenzar el retorno de este blog con una frase de una serie tan mala como Gossip Girl (y eso que soy ferviente admiradora). Pero dentro de la mediocridad del guion, el personaje de Blair sobresale, y ha marcado un antes y un después en el tema que hoy quiero mencionar -y del que me asombra no haber hablado antes, o al menos eso creo-: la moda.
¿Qué es la moda? Para los sabiondos que hacen diccionarios, es un uso o costumbre que está de moda -nunca mejor dicho- durante un tiempo en un lugar, y se centra principalmente en el mundo de la moda- repetitivo, ¿no? pero bueno... se refiere a complementos, ropa, zapatos...-.
¿Qué es la moda para mí? Esta pregunta es importante porque de allí se desprende el interés de una persona tan aparentemente tan racional -o sea, yo- por algo tan completamente irracional y hasta estúpido. Dice mi madre, entre las mil anécdotas de madre que tiene- que antes de hablar ya elegía qué ponerme señalándolo con el dedo, y que no me podían comprar nada que me disgustara porque no había forma de ponérmelo. Pues bien... educada a partes iguales por el gusto sencillo, clásico y elegante de mi madre a partes iguales con mi rebeldía infantil, llegué a la más temida etapa de la vida de uno: la adolescencia.
La dulce niña de cabello largo y vestidos de princesa convirtió su revolución interna en una libre interpretación de la moda en la que, para más detalles, el pelo cortado al estilo ex-presidiario -así se lo denomina, gracias a mí, a ese corte- y unos shorts a rayas verdes, una camiseta amarilla y unas zapatillas azules eran el súmmum del estilo.
En algún momento, como a todos, mi acné se apaciguó, mis hormonas se tomaron un descanso de la constante ebullición y senté cabeza respecto al aparente daltonismo que había sufrido esos años. La carrera hacia el ser humano que soy hoy, y que según dicen, tiene bastante estilo al vestir, recién había comenzado. A muchos no les parecerá gran cosa el saber combinar los colores, pero creanme que es difícil. Todos sabemos que rosa y rojo no combinan, sin embargo Chanel ha logrado que queden bien. Y el negro y el marrón, según el tono de marrón, puede ser un acierto. ¿Y alguien sabe lo que es el color borgoña? Yo aún no...
Hay gente que nace estrella, y otros que nacen estrellados, y en eso del buen gusto y del estilo, la regla también se cumple. Hay que saber cuatro máximas: el dinero no da la elegancia (Donatella Versace), si te quieres vestir de pordiosera y resultar glamourosa solo puedes apellidarte Olsen, menos es más, y que no hay nada peor que no vestirse adecuado para la ocasión.
A esta altura muchos de mis más sabiondos lectores están periendo las esperanzas y por eso les voy a devolver la fe en mi: ¿quien de ustedes, en algún momento, para bien o para mal, no se fijó en cómo iba vestida otra persona, o se preocupó por qué ponerse? NADIE. A los hombres les atraerá la mujer con la minifalda más corta o la camiseta más escotada, y la moda es nuestra gran aliada en el juego de la seducción. ¿Quién no escuchó decir que la Beckham iba acertada en la boda de los príncipes de Inglaterra aunque fuera de negro? Se repitió hasta la saciedad, y todos sabemos que no se puede ir de blanco o de negro a un casamiento, por protocolo, y por MODA.
Las cosas son así: la moda, queramos o no, está presente cada día de nuestras vidas. Habrá gente que diseñará y en eso se irá su vida, otros se dedicarán a ver los desfiles de Victoria's Secret para ver los buenas que están las modelos (y por algo es el segundo evento más visto después de la Super Bowl). Hay gente que simplemente siente que su armario está lleno de nada que ponerse... y yo, yo paso cerca de una hora al día navegando, viendo streetstyles -una modalidad de blogs que muestran lo que visten personas comunes pero con estilo-, viendo las nuevas temporadas de tiendas de pret-a-porter y desfiles de Elie Saab, quien en un futuro diseñará mi vestido de novia, y lo sé.
La moda no es una panda de modistos histéricos y modelos escuálidas. La moda no es la masificación y la falta de personalidad. Eso es lo que nos quieren vender. Sin embargo, y coincidiendo con Waldorf, la moda es uno de los mayores artes y medios de expresión que podemos encontrar. Solo basta conque cada mañana te arrastres somnoliento al armario y pienses ¿qué me pongo hoy? para que tu ánimo y tu creatividad afloren. La moda no nos hace a nosotros, no nos domina, no nos ata. Nosotros creamos la moda, cada día, al salir a la calle con la creación sobre nuestro cuerpo.
Tal vez sea poco pretencioso comenzar el retorno de este blog con una frase de una serie tan mala como Gossip Girl (y eso que soy ferviente admiradora). Pero dentro de la mediocridad del guion, el personaje de Blair sobresale, y ha marcado un antes y un después en el tema que hoy quiero mencionar -y del que me asombra no haber hablado antes, o al menos eso creo-: la moda.
¿Qué es la moda? Para los sabiondos que hacen diccionarios, es un uso o costumbre que está de moda -nunca mejor dicho- durante un tiempo en un lugar, y se centra principalmente en el mundo de la moda- repetitivo, ¿no? pero bueno... se refiere a complementos, ropa, zapatos...-.
¿Qué es la moda para mí? Esta pregunta es importante porque de allí se desprende el interés de una persona tan aparentemente tan racional -o sea, yo- por algo tan completamente irracional y hasta estúpido. Dice mi madre, entre las mil anécdotas de madre que tiene- que antes de hablar ya elegía qué ponerme señalándolo con el dedo, y que no me podían comprar nada que me disgustara porque no había forma de ponérmelo. Pues bien... educada a partes iguales por el gusto sencillo, clásico y elegante de mi madre a partes iguales con mi rebeldía infantil, llegué a la más temida etapa de la vida de uno: la adolescencia.
La dulce niña de cabello largo y vestidos de princesa convirtió su revolución interna en una libre interpretación de la moda en la que, para más detalles, el pelo cortado al estilo ex-presidiario -así se lo denomina, gracias a mí, a ese corte- y unos shorts a rayas verdes, una camiseta amarilla y unas zapatillas azules eran el súmmum del estilo.
En algún momento, como a todos, mi acné se apaciguó, mis hormonas se tomaron un descanso de la constante ebullición y senté cabeza respecto al aparente daltonismo que había sufrido esos años. La carrera hacia el ser humano que soy hoy, y que según dicen, tiene bastante estilo al vestir, recién había comenzado. A muchos no les parecerá gran cosa el saber combinar los colores, pero creanme que es difícil. Todos sabemos que rosa y rojo no combinan, sin embargo Chanel ha logrado que queden bien. Y el negro y el marrón, según el tono de marrón, puede ser un acierto. ¿Y alguien sabe lo que es el color borgoña? Yo aún no...
Hay gente que nace estrella, y otros que nacen estrellados, y en eso del buen gusto y del estilo, la regla también se cumple. Hay que saber cuatro máximas: el dinero no da la elegancia (Donatella Versace), si te quieres vestir de pordiosera y resultar glamourosa solo puedes apellidarte Olsen, menos es más, y que no hay nada peor que no vestirse adecuado para la ocasión.
A esta altura muchos de mis más sabiondos lectores están periendo las esperanzas y por eso les voy a devolver la fe en mi: ¿quien de ustedes, en algún momento, para bien o para mal, no se fijó en cómo iba vestida otra persona, o se preocupó por qué ponerse? NADIE. A los hombres les atraerá la mujer con la minifalda más corta o la camiseta más escotada, y la moda es nuestra gran aliada en el juego de la seducción. ¿Quién no escuchó decir que la Beckham iba acertada en la boda de los príncipes de Inglaterra aunque fuera de negro? Se repitió hasta la saciedad, y todos sabemos que no se puede ir de blanco o de negro a un casamiento, por protocolo, y por MODA.
Las cosas son así: la moda, queramos o no, está presente cada día de nuestras vidas. Habrá gente que diseñará y en eso se irá su vida, otros se dedicarán a ver los desfiles de Victoria's Secret para ver los buenas que están las modelos (y por algo es el segundo evento más visto después de la Super Bowl). Hay gente que simplemente siente que su armario está lleno de nada que ponerse... y yo, yo paso cerca de una hora al día navegando, viendo streetstyles -una modalidad de blogs que muestran lo que visten personas comunes pero con estilo-, viendo las nuevas temporadas de tiendas de pret-a-porter y desfiles de Elie Saab, quien en un futuro diseñará mi vestido de novia, y lo sé.
La moda no es una panda de modistos histéricos y modelos escuálidas. La moda no es la masificación y la falta de personalidad. Eso es lo que nos quieren vender. Sin embargo, y coincidiendo con Waldorf, la moda es uno de los mayores artes y medios de expresión que podemos encontrar. Solo basta conque cada mañana te arrastres somnoliento al armario y pienses ¿qué me pongo hoy? para que tu ánimo y tu creatividad afloren. La moda no nos hace a nosotros, no nos domina, no nos ata. Nosotros creamos la moda, cada día, al salir a la calle con la creación sobre nuestro cuerpo.
martes, 20 de diciembre de 2011
El chino de enfrente de mi casa
Enfrente de mi casa tengo el Wok Lin. Haciendo esquina el Café Paris, y una calle más allá, un restaurant italiano lleno de carbohidratos. En mi edificio conviven españoles, latinoamericanos, árabes y rumanos.
Podría llegar a pensar que en un barrio lleno de posibilidades culturales, puedo elegir entre comerme un crepe, una pizza con pepperoni o un rollito primavera sin ser juzgada; pero la semana pasada una conocida árabe me trajo de su tierra una chilaba, y aún no me he atrevido a ponérmela más allá de la puerta de entrada de mi casa por, y lo admito, no querer ser reconocida como una de ellas.
Y aún así, al ir hasta el supermercado, tengo que pasar por una tienda árabe donde no te atienden si no eres hombre (a pesar de que son las mujeres las que cocinan), y que sirve como un centro de reunión en el que se dedican a decirme obscenidades a mí y a todas las mujeres que osan ir vestidas a la manera occidental.
Eso no es todo, porque enfrente del supermercado hay un almacén de frutas y verduras de propietarios españoles en el que tienen preferencia las señoras mayores que siempre vivieron en el pueblo, porque parecería que los extranjeros no tienen tanto derecho a comer lechuga o naranjas.
Un poco más allá hay un colegio, y enfrente una plaza. Nunca me animé a adentrarme más de dos veces allí, donde la música típica rumana inunda los bancos y los columpios. Con una vez en la que me vi rodeada de unos diez o doce rumanos que me insultaron y me dijeron cosas incomprensibles para mi castellano, me alcanzó para saber que no era bienvenida en ese territorio.
Detrás de las vías de tren, los jóvenes españoles suelen ir cada fin de semana a hacer el típico botellón, y levantarse un domingo por la mañana significa náuseas por el olor a alcohol, vómitos y orina mezclado con las frituras que se cuecen en el chino, que se prepara para tener unas inmensas ganancias de los pocos gatos que van quedando en el barrio ya.
Por si fuera poco, cerca del restaurant italiano hay una discoteca, donde Pitbull canta “La mano arriba, cintura sola” y todos bailan y gritan al son de su música. En una callejuela escondida hay una pequeña discoteca latina, a la que van preferentemente colombianos, y donde se escucha el mismo reggaetón del famoso Pitbull, como también salsa, merengue y cumbia. Sin embargo, en la discoteca de turno es chic perrear, mientras que en la pequeña discoteca de extranjeros, ese baile realizado por una latina de generosas curvas terminas pareciéndonos demasiado erótico como para pertenecer a una cultura avanzada como la nuestra.
Y más de una vez, salí a mi balcón para ver a mi padre arrancando de las farolas los carteles de carácter neonazi de España 2000, que pregonan que los extranjeros son inferiores. Pero es de ilusos pensar que esos políticos nunca comieron un buen plato de pasta… probablemente sí, porque Italia es un país civilizado (o mejor diríamos, occidental), aunque seguro que nunca tuvieron el placer de comer unos deliciosos dulces árabes, solo porque esos morenitos vienen a robar el trabajo e imponer sus costumbres.
El otro día, en la reunión de propietarios del edificio, un español pidió que se pusiera un ambientador en el pequeño ascensor debido a la mala higiene de los marroquíes. Acto seguido, se excusó diciendo que tenía una fiesta y subió a cambiarse. Bajó quince minutos después con un impecable traje, y dejó el rastro de diversos olores corporales de gran antigüedad tras de sí. ¿Tópicos?
sábado, 17 de diciembre de 2011
El milagro de la Navidad
Recuerdo las Nochebuenas de mi infancia, toda la familia cenando reunida en una gran mesa en el patio de mi casa. Cuando llegaban las doce, cada año, mis padres me planteaban una historia diferente para salir de casa por unos minutos. Al principio no entendía las razones, luego, salía encantada sabiendo que a la vuelta, alrededor del árbol de Navidad, iba a encontrar los regalos envueltos en papeles de colores. Lo mismo sucedía la víspera de Reyes: la ansiedad por dejar los zapatos y acostarme a dormir temprano (aunque generalmente lo hacía bastante tarde), y que el primer rayo de sol ya me despertara, mezclado con la emoción de ver esa muñeca, esa bici, o cualquier cosa que estuviera en mi lista, porque en general, yo debía de portarme bien, ya que siempre recibí lo que quise.
Recuerdo un día, que en medio de la cena sucedió algo insospechado: desde la azotea de mi casa, el señor gordo de largas barbas y traje rojo apareció frente a la mirada atónita de mi primo y mía. Yo no sabía muy bien (pero tampoco me quitaba el sueño) como nunca antes lo habíamos visto si era una persona de unas características lo suficientemente peculiares como para ser fácilmente distinguible; ni tampoco, cómo todos los niños del mundo podían recibir sus regalos a las doce de la noche. Y mucho menos, por qué estaban los juguetes en los super, con precios. Ni siquiera me percaté, en ningún momento, de que muchos padres compraban esos juguetes. Mi creencia se reafirmó aún más cuando lo vi bajando la bolsa con los regalos desde el techo de mi casa. Y no volví a dudar hasta la edad de ocho años, cuando un compañero de la escuela me dijo que los Reyes y Papá Noel no existían. Volví a casa y se lo planteé a mi madre, pero con la convicción de que ella me diría que ese niño estaba errado.
Que los tres reyes de Oriente, o el señor de rojo no existieran, no me decepcionó en lo más mínimo. Seguí recibiendo regalos, y unos cuantos años después, comencé a ejercer de Papá Noel yo también. Con el tiempo, comencé a admirar los dulces engaños de mis padres: "vamos a ver los fuegos artificiales a la calle" decía papá, pero mamá nunca iba con nosotros. Y aún me sigo preguntando cuándo iban a comprar los regalos, pero prefiero no saberlo: es lindo seguir con la ilusión del regalo inesperado. Admiro el esfuerzo que hacían por siempre darme lo que quería, solo para recibir mi ilusionada mirada y una gran sonrisa. Anhelo algún día, que mis hijos me despierten diciéndome "ya llegaron los Reyes", y sé que nada me va a llenar más de felicidad que verlos en pijama y jugando con sus juguetes nuevos.
Lo importante de la Navidad, obviamente, no son los regalos. Probablemente, lo más lindo sea el momento de reunión familiar, el poder compartir todos juntos; pero sin duda alguna, estas fechas no serían las mismas sin un regalo. No importa el valor económico, no importa el haber "madurado" y saber que Papá Noel no existe. Importa la ilusión de recibir, ya sea un iPad o una carta, un regalo de alguien que te ama, y saber que lo hizo con todo el amor del mundo.
Foto: arquera
lunes, 12 de diciembre de 2011
El amor jugando a la Rayuela
“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y
casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese
elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja
estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo
creo que es al revés”. Así decía el gran Cortázar en Rayuela, una novela apta para todos, entendible para unos pocos.
Los
científicos descubrieron que el amor surge en un segundo y que tan solo es una
adicción (produce lo mismo que fumarse un porro o hacerse una raya de cocaína)
que se supera en un plazo máximo de dos años. La mayoría de las personas
coinciden en que el amor existe gracias al conocimiento de la esencia del otro,
y por ende, que el amor nace como fruto del tiempo compartido entre dos almas.
Algunos corazones rotos afirman que no existe, y que tan solo es una forma
bonita de designar nuestros deseos sexuales. El amor es uno de los sentimientos
más potentes, más puros y más antagónicos de todos: puede construir así como
destruir una vida en poco menos de lo que dura en ser pronunciada una palabra. No
es la muerte, ni Dios, ni siquiera la curiosidad por saber si otros como
nosotros, tan egoístas y narcisistas, respiran en otros planetas… es tan solo
el amor, el misterio más grande de la humanidad. Porque el amor es un
sentimiento tan universal que no hay una única manera de comprenderlo.
Me atrevería a
decir que el amor es el fundamento de nuestra cultura. Ni la política, ni la
economía, mucho menos asuntos tan importantes como los derechos humanos, o
incluso Dios –que gozó durante mucho tiempo del beneficio de tener su propio Best Seller- han creado tantas montañas
de material cultural. Bécquer, perdido en las pupilas azules de alguna
doncella, le concede a ella el máximo esplendor de ser la poesía; los amantes
apasionados de Rodin, que se besan como si estuviesen pronosticando el
sangriento final; y Rubens muestra la primordial necesidad de un hombre de ser
amado dibujando finamente El Juicio de
Paris.
¿Qué es el
amor? El amor es cultura, es cada pieza musical, cada narración o poema, todas
las pinturas y esculturas, y esas historias de la pantalla grande. El amor se
compone de cada fragmento de nosotros mismos, es un algo cambiante y creciente,
que se transforma día a día ante la mirada particular que brinda cada ser
humano a una pieza cultural. Rayuela resume en un solo libro, cada cristal roto
de ese amor, cada posibilidad, cada sentido. Porque, como bien dice Cortázar,
no se puede elegir en el amor.
Foto: Megyarsh
jueves, 8 de diciembre de 2011
¿Alguien lo ve normal?
No es normal que los niños de 13 años comiencen a beber alcohol. Es algo prácticamente lógico que, durante nuestra adolescencia o juventud, nos hayamos pasado alguna vez con el alcohol. Pero en sí, emborracharse no es algo lógico, y tendría que quedar como un hecho anecdótico que alguna vez nos sucedió.
Sin embargo, sabemos que la forma de diversión normal de una juventud llena de miedos e inseguridades, con una autoestima bajísima, con problemas de comunicación y faltas de atención importantes, es beber. ¿Por qué? Porque beber es la forma de olvidarte de que tu padre le mete los cuernos a tu madre con su secretaria joven, de olvidarte de que no estás tan delgada ni eres tan hermosa como debieras ser para la sociedad, de que no te va bien en los estudios, o de que no podés decirle a una persona que la quieres porque tienes miedo a su rechazo. El alcohol desinhibe y termina mostrando lo mejor y lo peor de nosotros. Es una forma de desahogo generalizada de una sociedad enferma y reprimida. Por eso, y solo por eso, los jóvenes beben. No porque les guste el vino de 0.50 de euro. Y ahí distingo que no es lo mismo la copita de Vermouth que se toma mi abuela los domingos antes de comer, que el botellón del sábado a la noche.
Y ahí es cuando mantengo mi postura de que todas las campañas que haga el Gobierno son inútiles. Yo sé que es una obligación de ellos hacerlo, pero no soluciona nada. Me pueden poner imágenes de mi láringe con un cáncer por haber fumado, me pueden decir que puedo ser violada bajo los efectos del alcohol, mostrarme que si bebo y conduzco puedo matar a alguien y a mí misma... pero si yo quiero beber, lo voy a seguir haciendo. Si el problema es que la gente bebe, no hay que concientizarla de que es malo para su salud, porque eso ya lo saben, si no buscar la raíz del problema, y solucionarlo. Y esa es una tarea de todos, no del Gobierno.
Más allá de eso, vi la última campaña del Ministerio de Sanidad el otro día en la estación de tren, y me sorprendió para mal. Adolescentes aparentemente normales, que consumen alcohol como algo normal, que obviamente no lo es. Tiene varios problemas, a nivel ético como comunicativo.
A nivel ético está la contraposición entre la actitud de los adolescentes varones y mujeres respecto al alcohol. Mientras que las mujeres tienen que aguantar en urgencias a su amigo borracho, o mantienen relaciones sexuales sin estar en plenas condiciones para decidir si quieren hacerlo, lo que quiere decir que son sumisas, buenazas y tontas; son los varones los que cometen atrocidades: llegan al nivel de un coma etílico, se vuelven violentos y agresivos. Esto no es así: muchas mujeres (incluso más que hombres en la actualidad) se emborrachan. Algunas simplemente lloran, vomitan, se van a su casa y pasan una mala noche, como también lo hacen algunos hombres. Pero muchas otras se meten en peleas, se tiran encima de hombres y los manosean (lo que lleva al hombre a tomar una actitud activa y acostarse con ellas, ergo, la culpa no es solo de él, sino también de ella), y sí, alcanzan el coma etílico aún más fácil que un hombre. Por lo tanto, es una publicidad desfasada en el tiempo y feminista (porque la igualdad es la igualdad, y el feminismo y el machismo son extremos), que no me parece adecuada para mostrar los comportamientos de la juventud de hoy.
En el ámbito comunicativo, y según la regla que me han enseñado para los titulares, las frases en negativo cuestan más de asimilar para nuestro cerebro. De esta manera, la frase "Lo normal para su edad..." queda grabada a fuego en nuestras neuronas, mientras que la que de verdad debería ser importante, el verdadero mensaje de la campaña -"ESTO NO DEBERÍA SER NORMAL"-, queda olvidado entre otro montón de cosas, solo por llevar un 'no' que cuesta más de comprender.
Diría que, más allá de que ninguna campaña cumple su utilidad (concientizar al a población), esta ha perdido por goleada en todo. La solución para que los adolescentes dejen de tener actitudes tontas es comprenderlos y ayudarlos, no decirles lo malo que es el alcohol, porque aunque no lo parezca, elloss son más inteligentes de lo que parecen, y todo eso ya lo saben. Si beben, es porque están cubriendo con el alcohol otras cosas que les faltan. Ayúdemosles a tener esas cosas, y así, no necesitar una vía de escape.
lunes, 5 de diciembre de 2011
No prometas cosas que no vas a cumplir
Un día, no muy lejano, un profesor se excusó de haber faltado, y prometió que ese hecho no iba a volver a suceder. Una semana después, no apareció en clase. La reacción de todos fue decir "menos mal que no iba a faltar más". Horas después me enteré de que, efectivamente, no había venido porque había muerto. En ese momento, decidí tragarme mis palabras un tanto desconsideradas.
Hace unos días, me llamaron para tomar unas fotografías de un accidente entre un camión y un coche. El camión había atravesado la carretera, se había llevado los guardarraíles y las rejas, y había quedado en medio de un terreno. A su lado, yacían los restos mortales de un coche. Inconscientemente, me quedé parada frente a él, un amasijo de hierros, y dentro, un airbag cubierto de sangre. ¿Cuántas promesas habría hecho ese hombre, y la muerte no le dejó cumplirlas?
Crecer me ha hecho darme cuenta de algunas cosas, replantearme la vida de una forma diferente. Los pies plantados sobre el césped durante intensos cinco minutos frente a la sangre de un desconocido por el que los médicos no habían podido hacer nada, hizo en mi cerebro un planteo brutal de mi vida. Cualquier día de estos, yo podría correr la misma suerte, la de mi profesor, la de este hombre. ¿Cuántas promesas incumplidas tendría hacia mis padres? ¿Y hacia el hombre de mi vida? Incluso, le debería promesas a los hijos que aún no tengo.
¿Será que la vida nos da un tiempo para prometer, y otro para cumplir? Y una vez pasado ese tiempo, nos roba el aliento de forma repentina, como diciéndonos "no prometas cosas que no vas a cumplir". ¿O es que todas las promesas son vanas, porque el futuro es incierto, y no sabremos dónde estaremos mañana?
A todos nos han roto promesas, y todos hemos roto alguna. Sin embargo, la vida sigue, tenemos un nuevo profesor que nos da clases, y la mujer de ese hombre que murió a las tres de la mañana de un jueves frío puede que vuelva a amar. Y todas las promesas quedan en el olvido, aún cuando no han sido cumplidas.
Yo de todo esto solo saco una cosa en claro: que pase lo que pase, no debemos prometer cosas que no vamos a cumplir.
Foto: Esteban Vera
lunes, 3 de octubre de 2011
Esto es la Tierra
Mientras en Arabia Saudí una mujer se atreve a recurrir una sentencia que la condena a diez latigazos por haber conducido un coche, aquí las mujeres cada vez se desvisten antes. Y aunque la crisis sigue azotando, no es que las púberes no tengan dinero para comprar ropa, sino que la modernidad de este mundo indica que una mujer atractiva, a diferencia de lo que piensan los árabes, es la que más desnuda va.
Desnudos deben sentirse Rubalcaba y Rajoy, hombres de la R (de reputación, de reclamos, de rectitud, de ruido…), a poco más de un mes de enfrentarse a su destino. ¿Quién vencerá en una carrera en la que el premio por llegar a la meta es un país que se cae a pedazos, que no sabe a dónde ir? Ya ni falta me hace decir, lo ilógico que parece el mundo hoy.
Tal vez porque estamos esperando el fin del mundo pronosticado por los Mayas para finales del año que viene, que somos cada vez más obesos, menos cariñosos y más desesperanzados. A los grandes no les interesa trabajar para llegar a viejos sin nada, y a los niños no les gusta estudiar, porque el esfuerzo está infravalorado en un mundo en el que quien más gana es el que parece más idiota.
Estados Unidos ya no es triunfador, mientras que los prolíficos chinos y los alegres brasileños parecen ser la nueva esperanza para un mundo en el que Europa vuelve a sus orígenes, con la diferencia de que ahora, es una mujer regordeta la que tira del Viejo Mundo para que siga funcionando más o menos mal. Llega Internet a la zona de los velos, para que decidan liberarse de sus prisiones (las reales y las imaginarias), aunque eso les venga saliendo más mal que bien.
Sin embargo, el mundo sigue siendo más o menos igual: los niños de África siguen muriendo de hambre y enfermedades para las que podemos encontrar cura, mientras que los niveles de desnutrición en Hollywood pronostican que la moda de las costillas viene para quedarse, al menos, una temporada más. Gaza sigue siendo Gaza, y Palestina pide que se la reconozca como un Estado soberano, en un momento en que la unión haría la fuerza, pero nosotros seguimos empecinados en dividirnos más. Mientras unos pocos estudiaron el engaño, y se secan con billetes de 100 dólares, los engañados son millones, la mayoría no poseedores del gen islandés de la verdadera revolución, la pacífica y ordenada, la que busca un verdadero bien común. Y un presidente negro no cambia nada, mientras Guantánamo sigue siendo una cárcel de inocentes, y los pobres no tienen derecho a enfermarse.
El mundo sigue igual también para lo bueno, por suerte: las personas se siguen enamorando, y de ese amor aún nacen frutos de mejillas redondeadas y llantos ensordecedores. De entre tanta alienación informática, logramos que personas que se encuentran, sin quererlo, a miles de kilómetros, puedan sentirse en la misma habitación. Y nos culturizamos aprendiendo que chévere es guay, y que la mousaka, esa lasaña de berenjenas de los griegos, es de los platos más gustosos que se pueden encontrar. Porque en un mundo tan extraño y tan igual, seguimos permitiéndonos ser, al menos media hora al día, felices.
jueves, 22 de septiembre de 2011
El problema de los solidarios
-Hola, buenas...
-Disculpe, estoy apurado, llego tarde al trabajo.
Esta escena se da todos los días, cientos de veces, en puntos estratégicos de las ciudades. La FNAC, la puerta de un hospital, de una facultad, de un centro comercial. Los solidarios, una especie que parecía en extinción, han sido salvados por la selección natural, que les permite ganar dinero ayudando a los demás. Son esas personitas, generalmente jóvenes e inexpertas, con sus chalecos identificativos (yo soy de Unicef, yo de ACNUR, yo de...), que te preguntan amablemente si deseas ayudar.
Ayudar está muy bien, pero es algo que tiene que salir de adentro de cada uno. Vale la pena ayudar por ayudar, no para decir que uno ayuda, para callar a su consciencia o para cualquier otro fin que, sinceramente, no se me ocurro. Por tanto, la decisión de dar ayuda (que en general se resume a dar dinero) debería ser únicamente de la persona en cuestión.
El problema de los solidarios, movidos en parte por el dolor que les producen los niños que mueren de hambre en África, los bosques talados o los animales maltratados, y mayoritariamente necesitados de ayuda para llegar a fin de mes; es que se convierten en aves de rapiña dispuestas a matar a quien, por una u otra razón, no desea ayudar.
Pongo una situación extrema que a mí me sucedió, y que, tal vez, podría haberle pasado a otras personas en otro sentido. Si no tengo prisa, paro ante la llamada del solidario, porque sé que es su trabajo y lo respeto. Sino, digo la verdad: no llego a clase, no llego al tren (y perder uno supone esperar otra media hora sin hacer nada) y amablemente me voy. Un día, paré ante un solidario de una determinada ONG a la que, en ese momento hacía ya más de medio año que daba dinero. Me empezó a explicar, aprendido de memoria, sin una sola entonación, el propósito de dicha asociación. Lo interrumpí y le dije que ya sabía porque yo aportaba a la organización desde hacía un buen tiempo. Con una ceja levantada (es decir, con una cara de escéptico enorme) me dijo que le diera mis datos y que entonces aumentase la cantidad de dinero al mes. Le dije que por ahora estaba bien así (muy cordialmente, quien me conoce sabe que puedo ser muy amable como muy ácida, y también las dos cosas al mismo tiempo), a lo que él, ya bastante dolido, me dijo "por la forma en que estás vestida supongo que podrás poner más dinero". Extrañamente, mi vestuario de ese día estaba compuesto de ropa de rebajas, cosa que no me molesta. Me gusta vestirme bien, además, y creo que eso no significa que me suene los mocos con billetes de 100 euros. Y si así fuera, ¿qué derecho tiene un simple desconocido a juzgar mi economía por mi forma de vestir, así como también mi decisión de aportar o no a una ONG?
El problema en esta sociedad, una vez más, vuelven a ser los prejuicios. No ir con la ropa sucia, mal combinada o rota, significa tener dinero, y por tanto, tener la obligación de dárselo a los demás. Los famosos, como ganan millones, tienen que donarlos. ¿Por qué? Ellos, en general, han ganado ese dinero lícitamente, fruto de su esfuerzo y su trabajo, y al ser su propiedad, tienen derecho a dársela a quien quieran. El problema no es que pocos tengan mucho, sino que muchos tengan poco. Y la solución no es sacarle a unos para darle a otros, sino darles a todos las mismas posibilidades de tener todo lo que deseen y necesiten para vivir. Por ende, estoy en todo mi derecho a no aportar 60 euros al mes, los tenga o no a fin de mes. Y no tiene nada de malo ir de vaquero y camiseta un día cualquiera.
Pongo una situación extrema que a mí me sucedió, y que, tal vez, podría haberle pasado a otras personas en otro sentido. Si no tengo prisa, paro ante la llamada del solidario, porque sé que es su trabajo y lo respeto. Sino, digo la verdad: no llego a clase, no llego al tren (y perder uno supone esperar otra media hora sin hacer nada) y amablemente me voy. Un día, paré ante un solidario de una determinada ONG a la que, en ese momento hacía ya más de medio año que daba dinero. Me empezó a explicar, aprendido de memoria, sin una sola entonación, el propósito de dicha asociación. Lo interrumpí y le dije que ya sabía porque yo aportaba a la organización desde hacía un buen tiempo. Con una ceja levantada (es decir, con una cara de escéptico enorme) me dijo que le diera mis datos y que entonces aumentase la cantidad de dinero al mes. Le dije que por ahora estaba bien así (muy cordialmente, quien me conoce sabe que puedo ser muy amable como muy ácida, y también las dos cosas al mismo tiempo), a lo que él, ya bastante dolido, me dijo "por la forma en que estás vestida supongo que podrás poner más dinero". Extrañamente, mi vestuario de ese día estaba compuesto de ropa de rebajas, cosa que no me molesta. Me gusta vestirme bien, además, y creo que eso no significa que me suene los mocos con billetes de 100 euros. Y si así fuera, ¿qué derecho tiene un simple desconocido a juzgar mi economía por mi forma de vestir, así como también mi decisión de aportar o no a una ONG?
El problema en esta sociedad, una vez más, vuelven a ser los prejuicios. No ir con la ropa sucia, mal combinada o rota, significa tener dinero, y por tanto, tener la obligación de dárselo a los demás. Los famosos, como ganan millones, tienen que donarlos. ¿Por qué? Ellos, en general, han ganado ese dinero lícitamente, fruto de su esfuerzo y su trabajo, y al ser su propiedad, tienen derecho a dársela a quien quieran. El problema no es que pocos tengan mucho, sino que muchos tengan poco. Y la solución no es sacarle a unos para darle a otros, sino darles a todos las mismas posibilidades de tener todo lo que deseen y necesiten para vivir. Por ende, estoy en todo mi derecho a no aportar 60 euros al mes, los tenga o no a fin de mes. Y no tiene nada de malo ir de vaquero y camiseta un día cualquiera.
sábado, 6 de agosto de 2011
Crónicas de un viaje I
Dicen que la vida te pone enfrente a varios tipos de personas: esos que aparecen puntualmente, fugaces, y necesarios para aprender algo; aquellos con los que se entabla una relación bastante duradera y que, por una razón u otra, terminan desapareciendo de nuestras vidas, dejando solo un recuerdo; y por último, quienes nos acompañan en todo el camino.
-----------------------------------------------------------------------------------------------
Es privado. No porque nadie lo haya visto, sino porque es imposible de explicar. Estaba ahí todo un aeropuerto, y sin embargo, nadie vio lo que yo vi.
Hay momentos que te quedan grabados por siempre... si hoy tuviera que decir qué pasó, no sabría. Sí te puedo describir perfectamente que sentí: no veía, y sin embargo no cayó de mí una sola lágrima. La tierra tembló en un terremoto imposible de medir, con los pies bien firmes en el suelo. Ante mí, mi destino, mi elegido. Nada más que la unión de dos corazones que jamás habían estado separados.
El amor es como un planeta. Tiene diversidad de elementos, que solo pueden crecer, procrear y diversificarse cuando todo está en armonía. Tiene dos dioses que construyen ese mundo en base a lo que cada uno da, y a todo lo que recibe del otro. Cuando uno de los dioses, mortal y defectuoso, se siente débil, el otro alimenta al mundo de lo mejor que tiene, porque de esto se trata el amor: del equilibrio entre dos almas que aprenden la una de la otra. Porque cuando uno ama, ese planeta propio sigue creciendo y construyéndose en base a hechos, sueños, proyectos... mientras los demás solo ven dos personas dándose un abrazo en algún aeropuerto de algún lugar...
-----------------------------------------------------------------------------------------------
Es privado. No porque nadie lo haya visto, sino porque es imposible de explicar. Estaba ahí todo un aeropuerto, y sin embargo, nadie vio lo que yo vi.
Hay momentos que te quedan grabados por siempre... si hoy tuviera que decir qué pasó, no sabría. Sí te puedo describir perfectamente que sentí: no veía, y sin embargo no cayó de mí una sola lágrima. La tierra tembló en un terremoto imposible de medir, con los pies bien firmes en el suelo. Ante mí, mi destino, mi elegido. Nada más que la unión de dos corazones que jamás habían estado separados.
El amor es como un planeta. Tiene diversidad de elementos, que solo pueden crecer, procrear y diversificarse cuando todo está en armonía. Tiene dos dioses que construyen ese mundo en base a lo que cada uno da, y a todo lo que recibe del otro. Cuando uno de los dioses, mortal y defectuoso, se siente débil, el otro alimenta al mundo de lo mejor que tiene, porque de esto se trata el amor: del equilibrio entre dos almas que aprenden la una de la otra. Porque cuando uno ama, ese planeta propio sigue creciendo y construyéndose en base a hechos, sueños, proyectos... mientras los demás solo ven dos personas dándose un abrazo en algún aeropuerto de algún lugar...
martes, 24 de mayo de 2011
Leyendas urbanas (parte I): el Polybius
| Capítulo titulado Please Homer, don't Hammer 'Em's de la temporada 18 |
Todos hemos jugado a videojuegos. Desde Play Station, XBOX, Nintendo Wii, DS (y todas sus versiones, hasta en 3D), pero también, todas las personas con una edad considerable (un poco más que mayores de edad) hemos podido disfrutar de lo que yo llamaba de niña como maquinitas. Es decir, grandes aparatos que se encontraban en sitios especializados para eso o en algún lugar suelto, y en los que se podía jugar a cosas tan emocionantes como el Mortal Kombat o al Wonderboy (mi preferido), aquel señor con taparrabos que tenía algunas similitudes con el juego del fontanero Mario y su buen hermano Luigi.
Esta es, tal vez, la leyenda urbana más geek/freaky, y la teoría conspiratoria más extraña de todas: la historia del Polybius, ese videojuego maldito que creaba adicción a la par que ataques epilépticos, terrores nocturnos, intentos de suicidio y otras bellezas de una mente trastornada.
Este videojuego arcade fue lanzado en 1981, y poco tiempo después desapareció sin dejar rastro, incluso, no se ha podido probar que alguna vez haya existido realmente (por eso, es una leyenda urbana).
Dicen que el juego comenzó a circular por los suburbios de Portland, en parte de Oklahoma y en el norte de California. Estaba fabricado por la empresa llamada Sinneslöschen, en teoría en alemán "pérdida de los sentidos", (aunque a mí en el traductor de google me pone "significado claro") y programado por Ed Rottberg, y se dijo muchas veces que esta compañía era parte de una organización secreta del gobierno o de un nombre en clave de la conocida empresa Atari.
Nada más simple que el concepto de una nave que dispara a una serie de enemigos desarrollado con una temática tipo puzzle, siendo especialmente importante el hecho de que la nave no se movía con el mando, sino que la pantalla rotaba alrededor de la nave. Nada en especial, en principio, excepto por las impresionantes mejoras a nivel de gráficos, que incluía colores vivos, efectos lumínicos y buen sonido.
Como muchos otros videojuegos, generó adicción, pero también repulsión a medida que las personas jugaban más y más. Muchos de los que dicen haber jugado al Polybius no han podido jugar a otro videojuego en su vida. Y ahí comienza la parte interesante: combinaciones de luces y gráficos estroboscópicos, mensajes subliminales, mareos, convulsiones, vómitos, pérdidas de memoria, alucinaciones, ataques epiléptivos y terrores nocturnos.
Caras fantasmales que recorrían la pantalla y mensajes del estilo "kill yourself", "no imagination", "no thought", "conform", honor apathy", "do not question authority" o "surrender" entre otros. Algunos incluso escuchaban lamentos y voces entre los sonidos del videojuego, como voces femeninas que decían "¿por qué me haces daño?". Para más rarezas, las personas que dicen haber jugado, han ido perdiendo la memoria progresivamente, y hoy en día ya no recuerdan nada del juego.
Los hombres de negro, y no creo que fueran los de la película, al cerrarse los salones, hablaban con los dueños y tomaban notas sobre la cantidad de gente que había jugado y los efectos que provocaba. Incluso, muchos dicen que eran los encargados de manejar el menú de opciones, donde se encontraban parámetros como pesadillas, terrores nocturnos, amnesia, alucinaciones y mensajes subliminales, hasta incluso la opción de "muerte".
Como siempre, al morir una persona, las cosas se acaban, y así fue como desapareció Polybius: por la muerte de un joven que sufrió un ataque epiléptico mientras jugaba, cosa que no dudo, ya que los gráficos eran bastante estridentes y sin lugar a dudas podían hacer daño (como otros videojuegos) a personas con este tipo de lesión cerebral.
La historia vio la luz al salir Tempest, un videojuego de Atari de temática similar. Muchas personas han afirmado tener un ROM del juego, pero que no pueden mostrarlo a nivel público, lo que deja en la nada todas las teorías conspiratorias.
La empresa que lo fabricó tiene una página web en la que un grupo de programadoras, basándose en la información recopilada a lo largo de los años, ha decidido reconstruir el juego de forma "idéntica" al original (y hasta puede descargarse). Incluso se pueden activar los efectos más peligrosos, protegidos por una clave (que tengo y no daré, por las dudas).
Yo jugué, con todos los efectos activados, y vi lo que tenía que ver: un juego psicodélico, que marea, que da dolor de cabeza después de jugar una hora (como todos, creo yo), y que luego de jugar me acosté a dormir la siesta perfecta y tranquilamente. Al otro día fui a un examen, y no había perdido la memoria. No sufrí ningún trastorno más que un simple dolor de cabeza porque los colores son muy fuertes y se mueven muy rápido las cosas, además de que suelo marearme con muchos videojuegos. Los mensajes subliminales, efectivamente, aparecieron, pero no me voy a matar porque un videojuego me diga que lo haga. Ni vi fantasmas, ni escuché voces y lamentos, ni tuve pesadillas. No me volví adicta, la verdad el juego me pareció tonto y aburrido. Y tampoco lo odio, es eso: un juego aburrido. No sé si el juego existió o no, pero al menos, lo que circula en la red es una tontería grande como una casa. Fuentes: Wikipedia, neoteo.com, scenebeta.com, Taringa, ionlitio.com y http://www.sinnesloschen.com
jueves, 19 de mayo de 2011
Los mercados no se autorregulan
El que inventó el capitalismo debe estar revolviéndose en su tumba. Muchos años después, leyendo los apuntes de Periodismo Económico, una alumna lee "descubrieron que los mercados no se autorregulan". Así fue, las últimas crisis económicas han demostrado que una de las bases del capitalismo no se cumple. Los mercados no se autorregulan, las crisis son cíclicas y cada vez más seguidas, y nosotros, cada vez más cornudos.
Cada crisis económica ha traído consigo problemas sociales: la del 29 precipitó la Segunda Guerra Mundial, y una destrucción, hambre y miserias tan increíbles que tuvimos que "reconstruír" el sistema. La del 73 nos desmanteló el Estado de Bienestar por el que tanto habíamos trabajado, y nos dejó despojados de algunos derechos, aumentó las desigualdades, y nosotros seguimos confiando en un sistema que cada dos por tres nos dejaba tirados. Es como si alguien decidiera cruzarse España en un coche al que le cuesta arrancar, consume mucha gasolina y no tiene frenos. Y esto no es una comparación simple y sin sentido.
El problema de las crisis económicas es que ganan unos, explota todo, y cuando hay que solucionar las cosas, las soluciona el trabajador, el pobre, el proletario con el sudor de su frente, y el pan que debía conseguir con ese sudor, va a parar a pagar deudas que nadie les explicó de un dinero que desapareció y nadie sabe donde está. Y esa subida de impuestos, esa salud ya no pública, esa inflación, esas dificultades para hacer las cosas más simples, como comer, tener un hogar y pagar el transporte para ir a trabajar o estudiar, que parece que van a durar un tiempo, unos años, hasta que las cosas vayan mejor y la deuda haya sido paga, no vuelven más. La gente se acostumbra cada vez a vivir con menos en un mundo en el que somos especialistas en construir más y más y destruir más y más lo natural. Hace siglos, la gente se moría de hambre porque no tenía la maquinaria necesaria para cultivar, pescar y cuidar de los animales más y mejor, tenían casas peor construidas por la misma razón, y lo mismo con la ropa. Hoy podemos hacer casi todo: curamos enfermedades, y estamos inventando un escáner que puede clonar órganos. Y sin embargo, mucha gente se muere de hambre, no tiene dónde vivir ni con qué abrigarse.
Cada crisis económica ha traído consigo problemas sociales: la del 29 precipitó la Segunda Guerra Mundial, y una destrucción, hambre y miserias tan increíbles que tuvimos que "reconstruír" el sistema. La del 73 nos desmanteló el Estado de Bienestar por el que tanto habíamos trabajado, y nos dejó despojados de algunos derechos, aumentó las desigualdades, y nosotros seguimos confiando en un sistema que cada dos por tres nos dejaba tirados. Es como si alguien decidiera cruzarse España en un coche al que le cuesta arrancar, consume mucha gasolina y no tiene frenos. Y esto no es una comparación simple y sin sentido.
El problema de las crisis económicas es que ganan unos, explota todo, y cuando hay que solucionar las cosas, las soluciona el trabajador, el pobre, el proletario con el sudor de su frente, y el pan que debía conseguir con ese sudor, va a parar a pagar deudas que nadie les explicó de un dinero que desapareció y nadie sabe donde está. Y esa subida de impuestos, esa salud ya no pública, esa inflación, esas dificultades para hacer las cosas más simples, como comer, tener un hogar y pagar el transporte para ir a trabajar o estudiar, que parece que van a durar un tiempo, unos años, hasta que las cosas vayan mejor y la deuda haya sido paga, no vuelven más. La gente se acostumbra cada vez a vivir con menos en un mundo en el que somos especialistas en construir más y más y destruir más y más lo natural. Hace siglos, la gente se moría de hambre porque no tenía la maquinaria necesaria para cultivar, pescar y cuidar de los animales más y mejor, tenían casas peor construidas por la misma razón, y lo mismo con la ropa. Hoy podemos hacer casi todo: curamos enfermedades, y estamos inventando un escáner que puede clonar órganos. Y sin embargo, mucha gente se muere de hambre, no tiene dónde vivir ni con qué abrigarse.
Gracias a los mercados, vivimos en un mundo en el que hay de todo, pero en el que muy pocos pueden vivir dignamente. Y cada crisis que pasa, nos quitan cosas, y cada crisis que pasa, esperanzados de volver a tener lo que perdimos, renunciamos a todas esas cosas que en una época no tan lejana habíamos conseguido.
miércoles, 18 de mayo de 2011
La rebelión tardía
Los españoles han dicho BASTA. Y aunque dicen que más vale tarde que nunca, la rebelión ha sido un poco tardía.
Nunca es mal momento para protestar, y al fin y al cabo, la protesta no está tan mal planteada, previa a unas elecciones. ¡Democracia Real YA! se nutre de la misma fuente que lo hicieron las revoluciones en el mundo árabe, la revolución de la información de Wikileaks y otros fenómenos convulsos de nuestra reciente historia. En este mundo, cada vez más, si uno no tiene Facebook y Twitter, no existe, y el proletariado ni siquiera puede revolucionarse... si esto lo hubiera sabido Marx...
Personas, no jóvenes, como nos quieren hacer creer todos aquellos a los que nos les sirve que esto siga, esos que dicen jóvenes por la sencilla razón de que los jóvenes siempre somos unos vagos, unos quejumbrosos y unos tocapelotas. Personas reunidas en Madrid, Barcelona, Valencia y otros sitios, piden una democracia real, ni un bipartidismo, ni corrupción, ni presidentes que se olviden de la gente, ni crisis...
A pesar de que esas mismas personas incompetentes que temen al pueblo con poder dicen que es un movimiento que fomenta el voto en blanco o nulo (lo cual sería un grave peligro, porque solo lograría que la situación quedase igual que ahora: los convencidos ultra fanáticos seguirían votando a su PP o a su PSOE), la verdadera democracia que piden no es esa.
Valen todos los descalificativos del mundo cuando estamos en contra de alguien o algo, porque es muy fácil criticar y muy difícil hacer. La vergüenza de este país es que los que tienen el poder de hacer temen escuchar para tener que trabajar por alguien que no sean ellos mismos. Por eso, tildan de antisistema, como si eso fuera malo, tildan de violentos, de no tener las cosas claras.
Del otro lado, solo encontramos a cientos de personas que saben que la situación no puede seguir así: algunos lo saben más, porque han aprendido más de la vida, de los libros, de la observación directa de la realidad, otros lo presienten con sus mentes tan poco versadas. Tienen un objetivo único: vivir mejor, lo cual no implica recortes sociales, salud pública copaga, estudiar sin becas pero tampoco sin posibilidad de encontrar un puesto de trabajo para mantener los gastos universitarios, trabajar hasta el día de tu muerte y después también...
Sé que tal vez, decir esto es arriesgado. Me gustaría que estos años, esta crisis, estas violaciones de los derechos humanos sin fin y cada vez más extendidas a lo largo del mundo, esta balanza siempre a favor de los pocos que se pasean con traje entre miseria, sea el principio del fin de un sistema político y económico que se nos está quedando chicos.
El fin del capitalismo, de la democracia, del Estado-nación, de los territorios delimitados, de las diferencias de clases. Como en su momento se acabaron los regímenes feudales, los imperios, el colonialismo, la monarquía, porque la gente había dicho BASTA, espero que la gente entienda que no podemos seguir así. Que el dinero no lleva a ningún otro sitio que a la avaricia de unos y al hambre de otros, que los cargos políticos pierden a los hombres en el poder que tan bien describe Tolkien, que la "identidad" que decimos tener y que nos diferencia de otros solo logra eso: diferencias y división. No solo unos pocos, como en el caso de España, y no solo un país aislado, como en Egipto o en Islandia. Todos, el mundo entero, debemos decir BASTA a un sistema que se nos queda chico, que nos ahoga, que nos reprime, que busca atontarnos y entretenernos para no juzgar, no criticar, no pensar. Digamos ¡BASTA!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








